
Cinco poemas
Juana Borrero
1877-1896
¡Todavía!
De «Rimas» (1895)
¿Por qué tan pronto oh mundo! me brindaste
Tu veneno amarguísimo y letal?…
¿Por qué de mi niñez el lirio abierto
Te gozas en tronchar?
¿Por qué cuando tus galas admiraba,
Mi espíritu infantil vino a rozar
Del pálido fantasma del hastío
El hálito glacial?
Los pétalos de seda de las flores
Déjame ver y alborozada amar,
Ocúltame la espina que punzante
Junto al cáliz está.
Más tarde!… Cuando el triste desaliento
Sienta sobre mi espíritu bajar
Y el alma mustia o muerta haya apurado
La copa del pesar;
Entonces sienta de tu burla el frío
Y de la duda el aguijón mortal…
Pero deja que goce de la infancia
En la hora fugaz!
El ideal
De «Rimas» (1895)
¡Yo lo siento en mi alma!… Él me reanima
Y me presta el calor del entusiasmo,
Él me muestra a lo lejos, siempre verde
Laurel inmarcesible y codiciado!
Él inspiró los cánticos fugaces
Do rimé mis primeros desengaños,
Él me conduce ahora sonriente
Por la senda difícil del trabajo.
Cuando a veces me postra el desaliento
O la nostalgia ardiente del pasado,
Él me ilumina un porvenir glorioso
Con el fulgor benéfico de un astro.
Donde quiera me lleve he de seguirle
Y aunque deba morir en suelo extraño
Yo cruzaré tras él siempre serena
La inmensidad grandiosa del Océano.
¡Oh patria! Si la muerte inexorable
No me detiene con su helada mano
En mitad de la senda peligrosa
A donde en pos de mi ideal me lanzo,
Tu recuerdo que siempre irá conmigo
Me dará nuevo ardor ante el obstáculo…
¡Yo salvaré mi nombre del olvido!
¡Yo lucharé por conquistarte un lauro!
Crepuscular
De «Rimas» (1895)
Todo es quietud y paz… En la penumbra
se respira el olor de los jazmines,
y, más allá, sobre el cristal del río
se escucha el aleteo de los cisnes
que, como grupo de nevadas flores,
resbalan por la tersa superficie.
Los oscuros murciélagos resurgen
de sus mil ignorados escondites,
y vueltas mil, y caprichosos giros
por la tranquila atmósfera describen;
o vuelan luego rastreando el suelo,
rozando apenas con sus alas grises
del agrio cardo el amarillo pétalo,
de humilde malva la corola virgen.
Apolo
De «Rimas» (1895)
Marmóreo, altivo, refulgente y bello,
corona de su rostro la dulzura,
cayendo en torno de su frente pura
en ondulados rizos sus cabellos.
Al enlazar mis brazos a su cuello
y al estrechar su espléndida hermosura,
anhelante de dicha y de ventura
la blanca frente con mis labios sello.
Contra su pecho inmóvil, apretada
adoré su belleza indiferente,
y al quererla animar, desesperada,
llevada por mi amante desvarío,
dejé mil besos de ternura ardiente
allí apagados sobre el mármol frío.
Las hijas de Ran
De «Rimas» (1895)
Envueltas entre espumas diamantinas
que salpican sus cuerpos sonrosados,
por los rayos del sol iluminados,
surgen del mar en grupos las ondinas.
Cubriendo sus espaldas peregrinas
descienden los cabellos destrenzados,
y al rumor de las olas van mezclados
los ecos de sus risas argentinas.
Así viven contentas y dichosas
entre el cielo y el mar, regocijadas,
ignorando tal vez que son hermosas,
y que las olas, entre sí rivales,
se entrechocan, de espuma coronadas,
por estrechar sus formas virginales.
Obra en dominio público. Textos cotejados en fuentes de referencia. Retrato procedente de Wikimedia Commons. Más poesía en el repositorio de Poétikas.
