
Poemas
Bernard Engel
Para cantar ceniza (2025)
Ayer
De «Para cantar ceniza» (2025)
Este ayer, este verso anquilosado,
este habitar a tientas el poema,
esta lluvia cayendo en el pasado
que se aferra al capricho de un fonema,
este trozo de mundo tan delgado,
este desbordamiento, este enfisema,
no son sino un cantar desesperado
por intentar salvarse de la quema.
Y este que piensa mar y dice infancia,
este humilde artesano del reflejo
que escribe gratitud y pone un punto
sabe de su labor de nigromancia
porque dice palabras y el espejo
le devuelve la voz de los difuntos.
A punto de comenzar el concierto tras meses de silencio y abstinencia, Chavela Vargas se niega a salir al escenario si no le dan un trago de tequila
De «Para cantar ceniza» (2025)
Está la soledad que me recorre,
y este vasto silencio,
y esta tristeza exacta que rueda por los bares.
Está el amplio vacío,
la nada que me muerde,
la ausencia, con su rostro de mujer inventada
y este juicio del mundo que me abraza y me escupe.
Está el miedo implacable, el aguijón del miedo,
y el cuerpo que no entiende quién maneja los hilos,
y esta boca que dice y después rompe.
Ha vuelto.
Ha vuelto este dolor como de mundo
que se me amarra al canto como las golondrinas,
y ante eso hay dos opciones:
bajarme otra botella de tequila,
o romperme la voz y decir puedo.
Miles Davis responde a la pregunta de un periodista con otra pregunta: ¿qué entiendes tú por jazz?
De «Para cantar ceniza» (2025)
Antes de esta palabra incandescente,
el swing, ese imposible,
ese romper el tiempo y hacer bailar al aire.
Antes de esta trompeta y este aliento,
la claridad aguda del oboe
vibrando en el crujir de algún teatro.
Antes de la madera melancólica,
la resonancia antigua de la quena
y un eco en algún valle de los Andes.
Aún antes, mucho antes,
el recuerdo imborrable
de una flauta sin nombre
tallada sobre el hueso de algún mamut famélico.
Y antes de eso, incluso,
—en un antes sin fotos—
el mar en la mirada
el viento en los pulmones
el placer como signo de los cuerpos
y un deseo inflamable
de cincelar silencios.
La poeta Diana Villa piensa en dos palabras que leyó en un poema de Alejandra Pizarnik mientras se toma un tinto con don Gilberto, un mendigo que camina habitualmente por su barrio
De «Para cantar ceniza» (2025)
Tengo dos existencias sucediendo.
En una comparezco ante el vacío
mientras mi cuerpo finge que estoy viva.
En la otra sonrío ante la lluvia,
insulto a los imbéciles,
me deslizo sin miedo en el deseo.
En una baja un río de sangre por mis ojos,
y hay una muerte anclada,
y siempre huyo.
En la otra derramo los secretos
sobre la piel de alguien cuyo rostro no entiendo,
y acometo la carne, y tiemblo, y canto.
En una de mis vidas me deshago como si no tuviera ningún borde.
En la otra fracaso ante la lágrima, y abrazo las hogueras, y blasfemo.
Y luego está el poema
al que me lanzo
lo mismo que un suicida
se lanza al pavimento.
La repentista cubana Tomasita Quiala recuerda al poeta Jesús Orta Ruiz, antes de responder a la décima de un contrincante que se acaba de referir a su condición de mujer ciega
De «Para cantar ceniza» (2025)
Hay hombres que ven el mar
pero no saben decirlo,
hombres que nombran al mirlo
y creen poder volar.
Hay quien intenta atrapar
la luz y se le escabulle,
y yo –cuya luz aún huye–
siendo mujer entre hombres,
puedo ver todos los nombres
que el hombre apenas intuye.
