Poemas
Carolina de Mei
Santander, 1978
Pequeño cuerpo mío
Pequeño cuerpo mío,
ajeno a mí,
agarrado a mis pechos,
a mi cabello ralo,
a este cuerpo que te ama
y necesita tu ausencia.
A mis manos
que sienten que no te alcanzan,
te abrazan,
te empujan.
Mis ojos que lloran esta ansia de no entender
qué figura soy en esta historia
tuya, nuestra,
mía, tuya.
Siempre tuya.
¿Qué quedará de mí sin ti?
¿Qué quedará de ti cuando hayas recogido mi semilla,
mi veneno que no quise darte,
que te di en cada aliento,
en cada beso salado de mis ojos?
Ojalá
pudiera liberarte de este yugo mío,
que no elegí,
que me escupieron de niña,
de este amor infecto
que rezuman mis pestañas.
Dejarte solo la seda y el recuerdo,
darte alas para volar libre,
libre, pequeña mía.
Libre.
Una caja de cenizas
Tuve una hija
Una que nadie vio
Pero que surcaba mi vientre
La tuve dentro de mi
Y afuera, entre mis brazos
Escondidas las dos en la vastedad del desaliento
O en la incertidumbre de lo oscuro
Tuve una hija y se ocultaron, húmedas las miradas
Las cejas levantadas en sospecha
Pero la hija
era mía
No del humo que respiran las mareas
Mi hija no vio la calle desde la ventana
Ni vino a romper el orden de esta casa
Se quedo dormida en la esquina de mi cuarto
Y dejó que el polvo la abrigara
Ella me tocó
con sus pestañas invisibles
Mientras yo miraba sus pequeños pies inertes
Y nos dijimos adiós
O quizá ni eso
Y solo fue un «espérame un momento»
Tuve una hija que duerme en una caja
Una hija hecha de cenizas guardadas
Pequeño saquito de huesos desdibujados
Por las páginas del calendario
Tengo una hija que no me mira
Pero que guarda entre el polvo
la memoria de nuestro propio infinito
Después, nada
Me quedé sin palabras.
Mis dedos,
inertes,
se rebelan,
anhelan un sueño largo,
elástico,
denso.
Ahora que la lengua
se me pegó a la garganta,
solo dejadme escapar
de esta cadena de tiempo.
Ligera como una pluma,
me escurriré entre las horas.
Deshacedme.
Soy ceniza.
La existencia es plomo líquido,
que se me enganchó a las uñas.
Exhalo en mis propias manos
el aire que me quedaba.
Y después:
Nada.
Madre
Quería una madre
que me acunara lento
entre sus pechos.
Una madre brisa
que acariciara mis ojos tristes.
Una madre leña
que ardiese.
Madre loba,
madre ave
sobrevolándome el alma.
Quería una madre
que hubiera contado,
uno a uno,
mis dedos de niña,
que hubiera olido mis trenzas
escondida entre sus brazos.
Una madre casa,
de muros fuertes,
ventanas amplias.
Tuve una madre espuma
que se deshace al tocarla.
Madre espina,
pecho herido.
Madre cuerda que aprisiona.
Mirada de piedra,
manos de arena.
Una madre que me quiso
Como se quieren las penas.
Si me quieres decir algo.
Si me quieres decir algo,
usa las palabras
Usa tu boca
que llenaste de ruido.
Tu lengua,
que salió a buscarme un día
para no decirme nada
Si me quieres decir algo,
usa los dedos.
Tus manos
que escondidas tras las piernas
para no tocar el miedo,
esperan.
Si me quieres decir algo,
mírame.
Coño
Mírame.
Usa tus ojos.
Que la vida es obtusa
y cóncava
y convexa,
cuadrada y redonda.
Y no hay dos días
para arrancar la luna
Si me quieres decir algo
escucha el sonido de tus tripas,
de la sangre en el camino a tus ojos.
Escucha la lluvia
que aun no llueve
y el barro que se enreda en mis tobillos.
Escucha el silencio que queda
cuando ya no hay vida
Si me quieres decir algo,
sólo dilo
Ya no espero
La autoraNací en Santander en junio de 1978 y, tras pasar mi infancia en Huelva y posteriormente en Granada (de donde viene mi familia) estudié Magisterio en Granada y enseguida me trasladé a Madrid por motivos laborales (nunca ejercí de Maestra). No puedo reseñar hito alguno en mi historia como intento de poetisa o escritora, mas que aproveché mis estudios de Magisterio sin sentido para coger las optativas más artísticas y acercarme discretamente a lo que realmente me atraía. Una de esas asignaturas fue, obvio, poesía. Me casé, tuve hijos, perdí alguno, me divorcié, hice terapia. Y más de 20 años después de aquella asignatura de poesía que tanto me gustó descubrí que escribir era un modo de procesar e incluso entender mi propio mundo interno o aquello que se me removía por dentro como un puñado de partículas confusas. Estuve un par de años en el taller de narrativa de Fuentetaja con Emilia da Silva y después tuve que dejarlo por circunstancias personales. Escribo en defensa propia, sin más.

