Luisa Pérez de Zambrana

Retrato de Luisa Pérez de Zambrana
Retrato de Luisa Pérez de Zambrana

Poemas

Luisa Pérez de Zambrana
1835-1922

La vuelta al bosque

De «Elegías familiares» (1937, póstumo)

«Vuelves por fin, ¡oh dulce desterrada!,
con tu lira y tus sueños,
y la fuente plateada
con bullicioso júbilo te nombra,
y te besan los céfiros risueños
bajo mi undoso pabellón de sombra.»
Así, al verme, dulcísimo gemía
el bosque de mis dichas confidente;
¡oh bosque! ¡oh bosque!, sollocé sombría,
mira esta mustia frente,
y el triste acento dolorido sella,
siglos de llanto ardiente
y oscuridad de muerte traigo en ella.
Mira esta mano pura
¡ay! que ayer ostentó, resplandeciendo,
el cáliz del amor y la ventura,
hoy viene sobre el seno comprimiendo
una herida mortal… ¡Bosque querido!
¡tétricas hojas! ¡lago solitario!
¡estrella que en el cielo oscurecido
rutilas como un cirio funerario!
¡lúgubres brisas y desierta alfombra!
¡alzad eterno y funeral gemido,
que el mirto de mi amor estremecido
cerró su flor y se cubrió de sombra!
Sobre la frente pálida y querida
que el genio coronaba esplendoroso,
y la virtud con su inefable calma,
sobre la frente ¡oh Dios! del dulce esposo,
ídolo de mi alma,
y altar de humanidad y de dulzura,
alzó la muerte oscura
la pavorosa noche de sus alas;
y cual la tierna alondra que en su vuelo,
atraviesan las balas
y expirante y herida
baja, bañada en sangre desde el cielo,
y queda yerta y rígida en el suelo
con el ala extendida,
así mi corazón de espanto frío
quedó al golpe ¡Dios mío!
que mi vida cubrió de eterno duelo.
Cuando volvió a la luz el alma inerte,
la tierra, la montaña, el mar, el cielo,
no eran más que el sudario de la muerte.
¡Oh bosque! ¡oh caro bosque! todavía
de este dolor la tempestad sombría
ruge en mi corazón estremecido,
y gira el pensamiento desolado
como un astro eclipsado
entre tinieblas lóbregas perdido.
Y aquí estoy otra vez… ¡oh qué tristeza
me rompe el corazón…! Sola y errante
vago en tu melancólica maleza,
por todas partes con dolor tendiendo
el mirar vacilante;
ya me detengo trémula, sintiendo
el próximo rumor de un paso amante;
ora hago palpitante
ademán de silencio a bosque y prado,
para escuchar temblando y sin aliento,
un eco conocido que ha pasado
en las alas del viento;
ora ¡oh Dios! de la luna entristecida
a los rayos tranquilos,
miro cruzar su idolatrada sombra
por detrás de los tilos:
y la llamo y la busco estremecida
entre el ramaje umbrío,
en el terso cristal de la laguna,
bajo las ramas del abeto escaso,
mas en parte ninguna
hallo señal ni huella de su paso.
¡Triste y gimiente río
que los pies de estos árboles plateas!
¿por qué no retuviste
y en tus urnas de hielo no esculpiste
su fugitiva imagen? ¡Aura triste
que entre las hojas tu querella exhalas!
¿por qué no aprisionaste en tus alas
el eco tanto tiempo no escuchado
de su adorada voz? ¡Oh bosque amado!
¡oh gemebundo bosque! ya no pidas
sonrisas a estos labios sin colores
que con dolor agito;
pues no pueden nacer hojas y flores
sobre un tallo marchito.
Que ya en el mundo, mis inciertos ojos
sólo ven un sepulcro que engalana
flor macilenta con cerrado broche,
y allí me encuentran pálida y de hinojos
las lágrimas de luz de la mañana
y los insomnes astros de la noche.
Otras veces aquí ¡cuán diferente
vagué en su cariñosa compañía!
El arroyo luciente
como un velo de luz se estremecía
sobre la yerba humedecida y grata,
allá el movible mar desenvolvía
encajes brillantísimos de plata,
y tembladoras, pálidas y bellas
en el éter azul asemejaban
abiertos lirios de oro las estrellas.
Él con mi mano entre su mano pura
bajo flores que alegres sonreían,
me hablaba de sus sueños de ternura;
mientras con movimiento dulce y blando,
las copas de los álamos gemían
nuestras unidas frentes sombreando.
¡Oh vida de mi vida! ¡oh caro esposo!
¡amante, tierno, incomparable amigo!
¿dónde, dónde está el mundo
de luz y amor que respiré contigo?
¿dónde están ¡ay! aquellas
noches de encanto y de placer profundo
en que estudié contigo las estrellas,
o escuchamos los trinos
de las tórtolas bellas
que cerraban las alas en los pinos?
¿Y nuestras dulces confidencias puras
en estas rocas áridas sentados?
¿dónde están nuestras íntimas lecturas
sobre la misma página inclinados?
¿nuestra plática tierna
al eco triste de la mar en calma?
¿y dónde la dulcísima y eterna
comunión de tu alma y de mi alma?
¡Lágrima de dolor abrasadora
que corres por mi pálida mejilla!
ya no hay flores ni aromas en el suelo,
ya el ruiseñor no llora,
ya la luna no brilla,
y en la desierta lividez del cielo
se borraron los astros y la aurora.
Que ya todo pasó, pasó ¡Dios mío!
para jamás volver; ¿a dónde ¡oh cielo!
a dónde iré sin él, por el vacío
de esta noche sin fin? ¡Fúnebre bosque!
hoy todo es muerte para mí en la tierra,
en la llanura con inmenso duelo
se elevan los cipreses desolados
como espectros umbríos,
las brumas en la frente de la sierra
crespones son que pasan enlutados,
van en las nubes féretros sombríos,
el mar gimiendo azota la ribera,
con sollozo de muerte el viento zumba,
y es, ante mí, la creación entera
la gigantesca sombra de una tumba.

Dolor supremo

De «Elegías familiares» (1937, póstumo)

Erais con vuestras cándidas diademas
de gracia, de dulzura y poesía
los ensueños azules de mi alma,
la esencia de mi ser y de mi vida.

Los óvalos de luz de vuestras frentes,
vuestra triste y dulcísima sonrisa,
vuestros ojos divinos derramando
suavidades de estrella vespertina:

la bondad celestial de vuestras almas
blancas, resplandecientes, cristalinas,
como el espejo terso de las ondas
en que el disco de Sirio tiembla y brilla,

eran ¡oh cielos! mi sagrado encanto,
eran mi arrobamiento, mi delicia,
eran mi musa pálida y alada,
eran las cuerdas de oro de mi lira.

Y hoy dormís en el fondo de tres tumbas
con sudarios de lágrimas vestidas,
¡lirios del Paraíso deshojados!
¡nave de blancos ángeles perdida!

Ya no os veré jamás ¡flores de mi alma!
¡rosas aquí en mi corazón nacidas!
¡ya no os veré jamás! ¡cómo me anego
en torrentes de lágrimas de acíbar!

¡Cómo sollozo con la frente mustia
en el fúnebre césped sumergida!
¡esculturas de nácar adoradas,
bajo negro dosel, albas y frías!

¡Qué silencio en los ojos! ¡qué tristeza
en las mudas facciones peregrinas!
¡qué lágrimas heladas en sus rostros!
¡qué intensa palidez en sus mejillas!

¡Imágenes en lo íntimo de mi alma
con cinceles eternos esculpidas!
¡yo os amo, yo os venero, yo os adoro,
con los brazos en cruz y de rodillas!

¡Oh mis santas dormidas! ya mi boca
no tocará gimiendo convulsiva,
vuestras brillantes cabelleras de ónix
sobre la yerta palidez tendidas.

No besaré vuestras queridas manos
sin movimiento, pálidas y níveas,
ni se alzarán vuestras pestañas suaves
sobre el armiño de la tez caídas.

Y no veréis mi temblorosa imagen
que aterradora tempestad agita,
en vuestras urnas de cristal inmóviles
de adormideras tétricas ceñidas.

¡Qué siglos de dolor llevo en el alma!
¡en qué océanos de pesar se abisma!
¡y en qué playas de luto y de silencio
me encuentro, con las manos extendidas!

En la cuna de plumas de mi seno
os durmió mi canción queda y sentida,
en la cuna de piedras de la muerte
os duermen mis sollozos ¡hijas mías!

¿Quién de este seno que os meció en la infancia
verá la inmensidad de las heridas?
¿quién medirá de mi dolor supremo
el mar sin horizonte y sin orillas?

¡Ojos hermosos, húmedos y tristes
cuyas miradas, sobre mí, se inclinan!
¡frentes con palideces de luceros,
sobre mares de lágrimas mecidas!

Aquí estoy vuestras lápidas velando
cuando la virgen de ópalo declina,
como vela el silencio de las tumbas
una lámpara inmóvil y encendida.

Mirad mi sombra desolada y muda
que en una eterna soledad camina,
y cubrid con las dalias de la muerte
esta inmensa corona de desdichas.

En la noche sin luna y sin aurora
del calvario que subo dolorida,
yo os miro suaves descender del cielo
con las pálidas frentes pensativas.

¡Oh mi grupo de arcángeles amado,
que sigo sollozando estremecida!
mi alma llorando, de rodillas, besa
vuestras plateadas túnicas que oscilan.

¡Plegad el raso de las tersas alas!
que en el musgo apoyada mi mejilla,
donde se posen vuestros pies sagrados
besando iré la tierra bendecida.

¡Palomas de suavísimo alabastro
en la insondable eternidad dormidas!
yo le enseño a los sauces vuestros nombres
con un sollozo que, llorando, vibra.

Y en el altar de vuestros tres sepulcros,
con la frente en las manos, abatida
como la estatua del dolor eterno
llena de clavos, pálida y sombría,

con un clamor desgarrador os llamo,
de esta gran sombra ante el supremo enigma,
mi corazón despedazado os busca
en la profunda inmensidad vacía:

¡oh en el silencio de la noche inmensa
estrellas apagadas y divinas!
¡almas desengarzadas de mi alma!
¡perlas de mis entrañas desprendidas!

Martirio

De «Elegías familiares» (1937, póstumo)

¡Cómo te miro, al rayo de la luna,
pálido, melancólico, marchito,
sentado bajo el sauce que sombrea
tu sepulcro tristísimo!

¡Cómo te miro, con el rostro suave
de mansedumbre celestial ceñido,
con la tétrica frente entre las manos,
llorando en el abismo!

¡Qué sombra llevas en tus sienes de ámbar!
¡qué luto en tu mirar entristecido!
¡con qué dolor, de lejos, me contemplas
resignado y sumiso!

Aquí estoy, aquí estoy, sobre tu losa,
¡oh dormido de mi alma! ¡oh bien querido!
aquí estoy con el cáliz en la mano,
rebosado de absintio.

Mira cómo descienden, una a una,
calladas, melancólicas, sin ruido,
a mis humildes sienes inclinadas
las palmas del martirio.

Mira sobre mi lívido semblante
¡ay! las heridas que dejó el suplicio,
y en mi frente caída sobre el pecho,
las espinas de Cristo.

Antes absorta contemplé la luna
abrir sus alas de celeste brillo,
como una perla inmensa que plateaba
el oscuro zafiro.

Y bajo arcos inmóviles de sombra
la gruta azul y trémula del río,
y de estrellas, tendidos en el éter,
brillantísimos cintos.

Hoy contemplo en el cielo y en las ondas,
¡ay! con el corazón de muerte herido,
con sudarios de nácar en sus tumbas
mis ángeles dormidos.

Hoy contemplo en las nieblas de la noche,
errátil, intangible, fugitivo,
pasar como el reflejo de una estrella,
tu perfil dolorido.

Y caigo sobre el musgo sollozando,
¡hijo de mis entrañas! ¡hijo mío!
y ante tu sombra que se aleja suave,
trémula me arrodillo.

¿A tus dulces y pálidas hermanas
en los soles inmensos te has unido,
como se unen, temblando, cuatro gotas
de celeste rocío?

¿O como astros errantes vagáis solos
en la infinita inmensidad perdidos?
¿o dormís del sepulcro, en el misterio
negro y desconocido?

¿La puerta azul los ángeles abrieron
de inefable ternura estremecidos?
¿y en el espejo de la luz eterna
ves el Rostro divino?

¡Secreto formidable de la tumba!
¿hay en tu fondo el eco de un gemido
o a través de tu losa, surge suave
el acorde de un himno?

Vencida, vacilante y encorvada
bajo la noche inmensa del Destino,
con las manos cruzadas sobre el pecho
y los ojos caídos,

del ciprés, como un ángel enlutado
que abre sus negras alas en tu asilo,
entro en la sombra, junto a ti, buscando
mi sepulcro sombrío.

¡Oh lágrimas de plata de la tarde!
¡oh estrellas de oro! en temblorosos hilos
llorad por los espíritus alados
que en silencio se han ido.

Y vos, con vuestras manos adorables,
bendecidlos ¡oh Inmenso! bendecidlos;
porque vos sois la eternidad inmóvil
y el perdón infinito.

¡Mar de tinieblas!

De «Elegías familiares» (1937, póstumo)

¿Amanece? ¿tengo alma? ¿el sol alumbra
este mar de tinieblas?
¿Las altas palmas, del suplicio antiguo
son las cruces inmensas?

¿El lucero del alba todavía
trémulo centellea?
¿Son losas de sepulcros en el cielo,
las pálidas estrellas?

¿La luna, en los desiertos del vacío
yerta se balancea?
¿Son túmulos las nubes, y las olas
un sudario de perlas?

Triste como la sombra de la muerte
vengo a besar las piedras
que ocultan tus facciones adoradas
¡oh cubierto de tierra!

¡Hijo de mis entrañas! ¿en qué idioma
te diré mi tristeza?
Mira el cáliz de acíbar, y la sangre
que mi frente gotea.

Escucha de este seno en que apoyabas
tu faz de niño tierna
las olas de sollozos desoladas
que en su fondo se quejan.

Las lágrimas del huerto ¡oh flor de mi alma!
por mis mejillas ruedan,
y eterna llevo la mortal herida
en el costado abierta.

A todas partes que llorando torno
mi faz marchita y lenta,
miro tu rostro varonil y bello
dibujado en la esfera.

El águila del genio, su mirada
de brillante fijeza
puso en tus ojos, y en tu noble frente
el dolor un poema.

Te vi bajar las gradas del sepulcro,
¡joven y altivo atleta!
impasible y olímpico y hermoso
como una estatua griega.

Vi de la eternidad, en tus mejillas,
la blancura cinérea,
y vi entre las antorchas funerarias
tu gallarda cabeza.

Y yo sentí de la última agonía
el temblor en mis venas,
y sentí mi razón cerrar sus alas,
como un mar que se hiela.

¡Cabellos ondulados y brillantes
que mis lágrimas besan!
¡Y tú tan oprimida por mis labios,
frente pálida y tersa!

Mi alma toda os bendice, de rodillas,
de lágrimas cubierta
y os sigue en los espacios infinitos
como enlutada vela.

¡Mano en que van los mundos! ¿qué es el hombre
en esta triste estepa?
¿a dónde va, cubierta la mirada,
con una venda negra?

Alumbra, con un astro, de la tumba
la enorme noche tétrica,
déjame ver si el ángel de la muerte
en la losa se sienta.

¡Oh Dios! que en este espejo formidable
tu gran sombra reflejas,
y el alma, como un ave luminosa,
transfigurada vuela.

¡Oh de la luna inmaculada y blanca
encaje de azucenas!
¡onda celeste de oro desprendida
del brillo de una estrella:

haced, haced ¡oh soles de la noche!
que yo en su tumba pueda
besar, temblando, sus dormidos ojos,
y a sus pies quedar muerta.

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