Salomé Ureña

Retrato de Salomé Ureña
Retrato de Salomé Ureña

Cinco poemas

Salomé Ureña
1850-1897

A mi madre

De «Poesías» (1880)

Aquí, a la sombra tranquila y pura
con que nos brinda grato el hogar,
oye el acento de la ternura
que en tus oídos blanda murmura
la dulce nota de mi cantar.

La voz escucha del pecho amante
que hoy te consagra su inspiración,
a ti que aún eres tierna, incesante,
de amor sublime, de fe constante,
raudal que aliento da al corazón.

Mi voz escucha: la lira un día
un canto alzarte quiso feliz,
y en el idioma de la armonía
débil el numen ¡oh madre mía!
no halló un acento digno de ti.

¿Cómo tu afecto cantar al mundo,
grande, infinito, cual en sí es?
¿Cómo pintarte mi amor profundo?
Empeño inútil, sueño infecundo
que en desaliento murió después.

De entonces, madre, buscando en prenda,
con las miradas al porvenir,
voy en mi vida, voy en mi senda,
de mis amores íntima ofrenda
que a tu cariño pueda rendir.

Yo mis cantares lancé a los vientos,
yo di a las brisas mi inspiración;
tu amor grandeza dio a mis acentos:
que fueron tuyos mis pensamientos
en esos himnos del corazón.

Notas dispersas que en libres vuelos
y a merced fueron del huracán;
pero llevando con mis anhelos
los mil suspiros, los mil desvelos
con que a la Patria paga mi afán.

Hoy que reunirlas plugo al destino,
quiero que abrigo y amor les des:
esa es la prenda que en mi camino
al soplo arranco del torbellino,
y a colocarla vengo a tus pies.

Gratitud

De «Poesías» (1880)

¡Oh! ¡cuán grato es para el alma
una voz amiga oír!
¡Oh! ¡cuán grato es para el alma
de amistad en dulce calma
una ofrenda recibir!

Yo escuché tu blando acento
con vivísima emoción;
yo escuché tu blando acento,
y expresarte lo que siento
no pudiera mi canción.

¡Ah! perdona si una ofrenda
no hallo digna para ti;
¡ah! perdona si una ofrenda
de la tuya en rica prenda
yo no vengo a darte aquí.

Auras libres, ecos graves,
dadle acordes al laúd;
auras libres, ecos graves,
id, y al bardo en tonos suaves
murmurad mi gratitud.

El ave y el nido

De «Poesías» (1880)

¿Por qué te asustas, ave sencilla?
¿Por qué tus ojos fijas en mí?
Yo no pretendo, pobre avecilla,
llevar tu nido lejos de aquí.

Aquí, en el hueco de piedra dura,
tranquila y sola te vi al pasar,
y traigo flores de la llanura
para que adornes tu libre hogar.

Pero me miras y te estremeces,
y el ala bates con inquietud,
y te adelantas, resuelta, a veces,
con amorosa solicitud.

Porque no sabes hasta qué grado
yo la inocencia sé respetar,
que es, para el alma tierna, sagrado
de tus amores el libre hogar.

¡Pobre avecilla! Vuelve a tu nido
mientras del prado me alejo yo,
en él mi mano lecho mullido
de hojas y flores te preparó.

Mas si tu tierna prole futura
en duro lecho miro al pasar,
con flores y hojas de la llanura
deja que adorne tu libre hogar.

Una esperanza

De «Poesías» (1920, edición póstuma)

¡Oh, tú, que errante vagas, ausente de tus lares,
vertiendo en tristes notas tu amarga decepción!
Escúchame un momento, da tregua a tus pesares
y entrega a la esperanza tu mártir corazón.

No pueden, no, calmando tus horas de amargura,
llevarte mis cantares un eco del hogar;
mas pueden anunciarte que vívido fulgura
de redención el iris sobre el Caribe Mar.

Y pueden, sí, llevarte los votos que del alma,
colmados de esperanza, se elevan hasta Dios,
pidiendo para Cuba la bienhechora palma
que busca en los combates y del martirio en pos.

Mil veces ¡ay! me trajo la brisa confidente
de víctimas inermes los ayes de dolor,
y el grito de los héroes, enérgico y potente,
y de los bravos mártires el himno redentor.

Y a cada nuevo lauro que alcanza en la pelea
la perla de los mares del mundo tropical,
dilátanse las fibras del alma que desea
levante victoriosa la frente virginal.

Se abate ya el orgullo de la arrogante España;
ya tiembla y retrocede, sin fuerzas, el león;
y en vívidos fulgores el horizonte baña
la Estrella Solitaria de augusta redención.

La perla codiciada del mundo americano,
la tímida cautiva, potente se alza ya;
y, el carcomido yugo rompiendo del hispano,
triunfante, de los libres el himno entonará.

La América Latina con palmas y con flores
se apresta de ese triunfo la gloria a celebrar,
y anhela entre el estruendo de aplausos y loores
la redimida sierva sonriendo coronar.

Mi Pedro

De «Poesías» (1920, edición póstuma)

Mi Pedro no es soldado; no ambiciona
de César ni Alejandro los laureles;
si a sus sienes aguarda una corona,
la hallará del estudio en los vergeles.

¡Si lo vierais jugar! Tienen sus juegos
algo de serio que a pensar inclina.
Nunca la guerra le inspiró sus fuegos:
la fuerza del progreso lo domina.

Hijo del siglo, para el bien creado,
la fiebre de la vida lo sacude;
busca la luz, como el insecto alado,
y en sus fulgores a inundarse acude.

Amante de la Patria, y entusiasta,
el escudo conoce, en él se huelga,
y de una caña, que transforma en asta,
el cruzado pendón trémulo cuelga.

Así es mi Pedro, generoso y bueno;
todo lo grande le merece culto;
entre el ruido del mundo irá sereno,
que lleva de virtud germen oculto.

Cuando sacude su infantil cabeza
el pensamiento que le infunde brío,
estalla en bendiciones mi terneza
y digo al porvenir: ¡Te lo confío!

Obra en dominio público. Textos cotejados en fuentes de referencia. Retrato procedente de Wikimedia Commons. Más poesía en el repositorio de Poétikas.