Poemas
Esther Ortiz Arrese
Leioa, 1963
No soy Ana Grimberg y no me importa
A veces la jornada me queda
un poco chica y le añado parches
o la tiño con balizas
para que merezca recordarse.
A veces me muero.
Estuve muerta —de hecho— y me viví
porque me quise vivir
para vivir más que la vida chica
y ofrecerle asilo
—aquí, junto a ti—
en estos tiznados versos.
Me viví para respirarme
en la apnea.
A pesar de que nada sé
de aves sagradas,
me viví
para que merezca recordarme.
El andamiaje fluvial del sufrimiento
Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino enamorado
—rehén petrificado—
en la orilla cambiante del Támesis,
furtivo de su propia quimera
—con ciega urgencia, podría decirse—
y el rostro de la esperanza
en la nuca gris de una promesa.
Insisto.
Cuando quiero ver a alguien sufrir
lo imagino rendido,
trastabillando indómito
con los ojos
en la nuca
bajo el vértice invertido
de cualquier río gris
—sí, tienes razón,
cualquier torrente
ampara este entuerto—.
Altero los factores, sin embargo,
cuando soy yo
la que anhelo penar
cuando atronan mis rastrojos.
Imagino mi postergado vestigio
envuelto en frágil esfera.
De cristal teñido de pasado.
Tal cual.
Desecho inventarme enamorada
en corriente alguna.
¿El 6 del 6 del 26?
la que no seré se cuestiona
—lo cuestiona todo—
cambiar lo que aún se puede
cambiar sin escudos
el punto final
el punto final de la danza
de esa danza ya sin música
el punto final
que no es azul ni es lila
ni nube ni lluvia
la que no seré duda
—duda de todo—
si romper los cálices
si seguir bailando
se pregunta si seguir
pintando las manchas de la cuna
o añadir Pantone 19-1533
a la locura ritual
del efebo o del anciano
—de nuevo la pregunta desnuda—
con tirso, copa y corona
yo sé que no debo pero
la que no seré cavila
cuándo ha de servirse
el siguiente cáliz del sermón
de ese sermón de la liturgia
tibia de la última noche
que volará sin alas
Ella, otra vez
Otra vez. Menguante.
Litigante. Creciente.
Reincidente.
Vi ayer a la luna con nombre de luna
y sombra de noche
ardiendo en esta mi poesía
mientras era poema.
Bebió de mis versos
y, embriagada, dispuso
la nube de humo de parapeto
para colarse por mi garganta.
Perdí la voz al cerrarse
la puerta que cobija mis palabras.
Desde entonces pienso mar
y el océano se vuelve compacto y negro
y al pensar viento
los peces quedan en suspenso
en el acantilado,
riéndose de los árboles
que se curvan al borde del precipicio.
Ya ni pensar puedo sin que ella
me cante al oído
y me imponga —sí,
me ha robado la cordura—
y me imponga —como os venía diciendo—,
el color del embozo de mis versos.
Se aleja la lid bermeja
la sangre se arrastra
seca la boca que ha empezado a anhelar
esa otra juventud en cascada de osadías
obstruye el gemido de la retina
dejando las lágrimas rehenes
de la nueva espesura
de cactus impenitentes
el cuerpo conjetura
vulnerable
su nuevo molde inaudito
ya nada reverbera
llegan los matices
rezuman pareceres
balbucean los días
que tornan la labor
del pespunte al hilván
la sangre serpentea
muta su arcano rostro
el mortero comienza
a encogerse en los miedos de lava
mientras el cuerpo conjetura
que la fórmula funciona
con cualquier dígito
La autoraEsther Ortiz Arrese nació en Leioa (Bizkaia) en 1963. Su epifanía como aprendiz de poeta le sorprendió en 2022, activándole un ininterrumpido proceso de escritura y formación poética. En 2024 ganó el Premio Internacional Vitruvio de Poesía con el poemario «Sin música de película», publicado en 2025. Su obra aparece en diversas antologías. Recientemente ha publicado su libro «Diario de una semana» (2026), prologado por el poeta Julián Borao. Es miembro activo de laPoesía, una comunidad online de poetas de todo el mundo, fundada por Bernard Engel y Gonzalo Escarpa.
