Adela Zamudio

Retrato de Adela Zamudio
Retrato de Adela Zamudio

Cinco poemas

Adela Zamudio
1854-1928

Nacer hombre

¡Cuánto trabajo ella pasa
por corregir la torpeza
de su esposo, y en la casa!
(Permitidme que me asombre).
Tan inepto como fatuo,
sigue él siendo la cabeza,
¡porque es hombre!

Si alguna versos escribe,
de alguno esos versos son,
que ella sólo los suscribe.
(Permitidme que me asombre).
Si ese alguno no es poeta,
¿por qué tal suposición?
¡porque es hombre!

Una mujer superior
en elecciones no vota,
y vota el pillo peor.
(Permitidme que me asombre).
Con tal que aprenda a firmar
puede votar un idiota,
¡porque es hombre!

Él se abate y bebe o juega
en un revés de la suerte;
ella sufre, lucha y ruega.
(Permitidme que me asombre).
Que ella se llame el «ser débil»
y a él se le llame el «ser fuerte».
¡porque es hombre!

Ella debe perdonar
siéndole su esposo infiel;
pero él se puede vengar.
(Permitidme que me asombre).
En un caso semejante
hasta puede matar él,
¡porque es hombre!

¡Oh, mortal privilegiado,
que de perfecto y cabal
gozas seguro renombre!
En todo caso, para esto,
te ha bastado
nacer hombre.

Quo vadis?

Sola, en el ancho páramo del mundo,
sola con mi dolor,
en su confín, con estupor profundo
miro alzarse un celeste resplandor:

¡Es Él! Aparición deslumbradora
de blanca y dulce faz,
que avanza, con la diestra protectora
en actitud de bendición y paz.

Inclino ante Él mi rostro dolorido
temblando de ternura y de temor,
y exclamo con acento conmovido:
—¿A dónde vas, Señor?

—La Roma en que tus mártires supieron
en horribles suplicios perecer
es hoy lo que los césares quisieron:
emporio de elegancia y de placer.

Allí está Pedro. El pescador que un día
predicó la pobreza y la humildad,
cubierto de lujosa pedrería
ostenta su poder y majestad.

Feroz imitador de los paganos,
el Santo Inquisidor
ha quemado en tu nombre a sus hermanos…
—¿A dónde vas, Señor?

Allá en tus templos donde el culto impera
¿qué hay en el fondo? O lucro o vanidad.
¡Cuán pocos son los que con fe sincera
te adoran en espíritu y verdad!

El mundo con tu sangre redimido,
veinte siglos después de tu pasión,
es hoy más infeliz, más pervertido,
más pagano que en el tiempo de Nerón.

Ante el altar de la Deidad impura,
huérfana de ideal, la juventud
contra el amor del alma se conjura
proclamando el placer como virtud.

Las antiguas barbaries que subsisten
sólo cambian de nombre con la edad;
la esclavitud y aun el tormento existen
y es mentira grosera la igualdad.

¡Siempre en la lucha oprimidos y opresores!
De un lado, la fortuna y el poder,
del otro, la miseria y sus horrores;
y todo iniquidad… Hoy como ayer.

Hoy como ayer, los pueblos de la tierra
se arman para el asalto y la traición,
y alza triunfante el monstruo de la guerra
su bandera de espanto y confusión.

Ciega, fatal, la humanidad se abisma
en los antros del vicio y del error,
y duda, horrorizada de sí misma…
—¿A dónde vas, Señor?

Progreso

De «Ensayos poéticos» (1887)

Hubo un tiempo de amor contemplativo
en que el saber, muy poco positivo,
confundiendo la tierra con los cielos,
ensalzaba las vírgenes modelos.

Y en que inspirándoles horror profundo
la realidad prosaica de este mundo,
las muchachas de quince primaveras
se arrobaban en místicas quimeras.

Pero desde que el hombre sabio y fuerte,
compadecido de su incierta suerte,
discute con profundos pareceres
la educación moral de las mujeres;

desde que ha definido su destino,
no señalándole más que un camino,
y ni virtud ni utilidad concilia
sin la maternidad en la familia;

ya saben ellas desde muy temprano
que amar un ideal es sueño vano,
que su único negocio es buscar novio
y quedar solterona el peor oprobio.

Ninguna ha de quedar chasqueada hoy día
por elegir —como antes sucedía—,
que hoy ocupa el lugar de la inocencia
la prematura luz de la experiencia.

Hoy del amor preciso es no hacer caso,
porque el amor es pobre y pide plazo,
y por salir cuanto antes del apuro
se acepta lo más próximo y seguro.

De modo que todo hombre hoy al casarse
podrá con la certeza consolarse
de que —a no serlo suya— siempre fuera
su adorada mitad de otro cualquiera.

La ciega

¡Ay! No gimas, señora,
por un ignorado bien,
y mientras el mundo llora
busca en tu alma soñadora
lo que tus ojos no ven.

Mi epitafio

Vuelo a morar en ignorada estrella,
libre ya del suplicio de la vida;
allá os espero: hasta seguir mi huella
lloradme ausente, pero no perdida.

Obra en dominio público. Textos cotejados en fuentes de referencia. Retrato procedente de Wikimedia Commons. Más poesía en el repositorio de Poétikas.