Poemas
José Rizal
Calamba, 1861 – Manila, 1896
Mi último adiós
Manila, 29-30 de diciembre de 1896. Texto de Retana, «Vida y escritos del Dr. José Rizal» (1907)
¡Adiós, Patria adorada, región del sol querida,
Perla del mar de Oriente, nuestro perdido edén!
A darte voy alegre, la triste, mustia vida:
Si fuera más brillante, más fresca, más florida,
También por ti la diera, la diera por tu bien.
En campos de batalla, luchando con delirio,
Otros te dan sus vidas, sin dudas, sin pesar.
El sitio nada importa: ciprés, laurel ó lirio,
Cadalso ó campo abierto, combate ó cruel martirio,
Lo mismo es, si lo piden la Patria y el hogar.
Yo muero cuando veo que el cielo se colora
Y al fin anuncia el día tras lóbrego capúz:
Si grana necesitas para teñir la aurora,
¡Vierte la sangre mía, derrámala en buen hora,
Y dórela un reflejo de su naciente luz!
Mis sueños cuando apenas niño o adolescente,
Mis sueños cuando joven, ya lleno de vigor,
Fueron el verte un día, ¡joya del mar de Oriente!,
Secos los negros ojos, alta la tersa frente,
Sin ceño, sin arrugas, sin manchas de rubor.
Ensueño de mi vida, mi ardiente vivo anhelo,
¡Salud!, te grita el alma que pronto va á partir.
¡Salud!… ¡Oh, que es hermoso caer por darte vuelo,
Morir por darte vida, morir bajo tu cielo,
Y en tu encantada tierra la eternidad dormir.
Si sobre mi sepulcro vieres brotar un día,
Entre la espesa yerba, sencilla humilde flor,
Acércala á tus labios y besa el alma mía,
Y sienta yo en mi frente, bajo la tumba fría,
De tu ternura el soplo, de tu hálito el calor.
Deja á la luna verme con luz tranquila y suave,
Deja que el alba envíe su resplandor fugaz,
Deja gemir al viento con su murmullo grave;
Y si desciende y posa sobre mi cruz un ave,
Deja que el ave entone su cántico de paz.
Deja que el sol ardiendo las lluvias evapore,
Y al cielo tornen puras con mi clamor en pos;
Deja que un sér amigo mi fin temprano llore,
Y en las serenas tardes, cuando por mi alguien ore,
Ora también, ¡oh Patria!, por mi descanso á Dios.
Ora por todos cuantos murieron sin ventura,
Por cuantos padecieron tormentos sin igual,
Por nuestras pobres madres que gimen su amargura,
Por huérfanos y viudas, por presos en tortura,
Y ora por ti, que veas tu redención final.
Y cuando en noche oscura se envuelva el cementerio
Y sólo, sólo muertos queden velando allí,
No turbes su reposo, no turbes el misterio:
Tal vez acorde oigas de cítara ó salterio:
Soy yo, querida Patria; yo que te canto á tí.
Y cuando ya mi tumba, de todos olvidada,
No tenga cruz ni piedra que marquen su lugar,
Deja que la are el hombre, la esparza con la azada,
Y mis cenizas, antes que vuelvan á la nada,
El polvo de tu alfombra que vayan á formar.
Entonces nada importa me pongas en olvido.
Tu atmósfera, tu espacio, tus valles cruzaré.
Vibrante y limpia nota seré para tu oído;
Aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
Constante repitiendo la esencia de mi fe.
¡Mi patria idolatrada, dolor de mis dolores,
Querida Filipinas, oye el postrer adiós!
Ahí te dejo todo: mis padres, mis amores:
Voy á donde no hay esclavos, verdugos ni opresores;
Donde la fe no mata, ¡donde el que reina es Dios!
¡Adiós, padres, hermanos, trozos del alma mía,
Amigos de la infancia en el perdido hogar!
¡Dad gracias, que descanso del fatigoso día!…
¡Adiós, dulce extranjera, mi amiga, mi alegría!
¡Adiós, queridos seres!… ¡Morir es descansar!
Á la juventud filipina
Manila, 1879. Primer premio del Liceo Artístico Literario de Manila
¡Alza tu tersa frente,
Juventud filipina, en este día!
¡Luce resplandeciente
Tu rica gallardía,
Bella esperanza de la Patria mía!
Vuela, genio grandioso,
Y les infunde noble pensamiento,
Que lance vigoroso,
Más rápido que el viento,
Su mente virgen al glorioso asiento.
Baja con la luz grata
De las artes y ciencias á la arena,
Juventud, y desata
La pesada cadena
Que tu genio poético encadena.
Ve que en la ardiente zona
Do moraron las sombras, el hispano
Esplendente corona,
Con pía y sabia mano,
Ofrece al hijo de este suelo indiano.
Tú, que buscando subes,
En alas de tu rica fantasía,
Del Olimpo en las nubes
Tiernísima poesía,
Más sabrosa que néctar y ambrosía;
Tú, de celeste acento,
Melodioso rival de Filomena,
Que en variado concento
En la noche serena
Disipas del mortal la amarga pena;
Tú, que la pena dura
Animas al impulso de tu mente,
Y la memoria pura
Del genio refulgente
Eternizas con genio prepotente;
Y tú, que el vario encanto
De Febo, amado del divino Apeles,
Y de natura el manto,
Con mágicos pinceles
Trasladar al sencillo lienzo sueles;
¡Corred!, que sacra llama
Del genio el lauro coronar espera,
Esparciendo la Fama
Con trompa pregonera
El nombre del mortal por la ancha esfera.
¡Día, día felice,
Filipinas gentil, para tu suelo!
Al Potente bendice,
Que con amante anhelo
La ventura te envía y el consuelo.
Á las flores de Heidelberg
Heidelberg, 22 de abril de 1886. Publicado en «La Solidaridad» (Madrid, 1889)
¡Id á mi patria, id, extranjeras flores,
sembradas del viajero en el camino,
y bajo su azul cielo,
que guarda mis amores,
contad del peregrino
la fe que alienta por su patrio suelo!
Id y decid… decid que cuando el alba
vuestro cáliz abrió por vez primera
cabe el Néckar helado,
le visteis silencioso á vuestro lado
pensando en su constante primavera.
Decid que cuando el alba,
que roba vuestro aroma,
cantos de amor jugando os susurraba,
él también murmuraba
cantos de amor en su natal idioma;
que cuando el sol la cumbre
del Kœnigsthul en la mañana dora,
y con su tibia lumbre
anima el valle, el bosque y la espesura,
¡saluda á ese sol, aún en su aurora,
al que en su patria en el cenit fulgura!
Y contad aquel día,
cuando os cogía al borde del sendero,
entre las ruinas del feudal castillo,
orilla al Néckar, ó á la selva umbria.
Contad lo que os decía,
cuando, con gran cuidado,
entre las páginas de un libro usado
vuestras flexibles hojas oprimía.
Llevad, llevad, ¡oh flores!,
amor á mis amores,
paz á mi país y á su fecunda tierra,
fe á sus hombres, virtud á sus mujeres,
salud á dulces séres
que el paternal, sagrado hogar encierra…
Cuando toquéis la playa,
el beso que os imprimo
depositadlo en alas de la brisa,
por que con ella vaya
y bese cuanto adoro, amo y estimo.
Mas ¡ay! llegaréis, flores,
conservaréis quizás vuestros colores,
pero lejos del patrio, heroico suelo
á quien debéis la vida;
que aroma es alma, y no abandona el cielo,
cuya luz viera en su nacer, ni olvida.
Obra en dominio público. Textos cotejados en fuentes de referencia. Retrato procedente de Wikimedia Commons (dominio público). El poema del cadalso quedó sin título en el autógrafo, escondido dentro de una lamparilla de alcohol; el título con que hoy se conoce es posterior. Se sigue aquí el texto de Wenceslao Retana, «Vida y escritos del Dr. José Rizal» (Madrid, 1907), transmitido por su hermano Paciano Rizal. Se han corregido en silencio unas pocas erratas de cajista de los impresos originales; se respetan en cambio la ortografía y la acentuación de época. Más poesía en Poétikas.
