Poemas
Vicenta Laparra de la Cerda
Quetzaltenango, h. 1831 – 1905
Mi gratitud
De «Ensayos poéticos» (Guatemala, 1883)
En mi triste cautiverio
Sin consuelo ni esperanza,
Yo veia en lontananza
Enlutado cementerio.
Cual el pobre caminante
Que sin pátria y sin ventura
Lleva impresa la amargura
En su pálido semblante;
Y la aspereza del monte
Va regando con su llanto
Sin ver el célico encanto
Del esmaltado horizonte.
Marchitó mi juventud
La fuerza de mil dolores
Y entre pálidos colores
Veía abrirse mi ataud.
Era amargo mi quebranto,
Era inmensa mi agonia,
Y la muerte me envolvia
En su funerário manto.
Y sus álas impalpables
Rozaba en mi sien marchita;
La congoja era infinita,
Mis horas interminables.
¡Ah! cuantas veces el alma
Deseaba tender el vuelo
A las rejiones del cielo
En pos de la dulce calma!
¿Cuántas mis cansados ojos
Yo levantaba del mundo
Valle de dolor profundo
De tormentos y de enojos?
Asi era mi existir; mas tu presencia
Vino animar mi pobre ser doliente.
Por que ví reflejar sobre tu frente
La espléndida corona de la ciencia.
Y con semblante afable y cariñoso
La preciosa salud me prometiste,
Y á mi aflijido pecho devolviste
El perdido sosiego y el reposo.
¡Bendito seas tu que al desvalido
Tiendes clemente tu piadosa mano
Y eres del que padece fiel hermano
Y recojes su llanto dolorido!
Y yo por eso con afecto tierno
Al cielo pido en oracion ferviente,
Que siempre flote en torno de tu frente,
¡La bendicion divina del Eterno!
La tempestad del alma
De «Ensayos poéticos» (1883). Dedicada á mi hijo SALVADOR DE LA CERDA
¿Has visto cuando la noche
Tiende su manto sombrio
Cuando cuelga en el vacio
Su enlutado pabellon?
En el seno de las nubes
Revienta horrísono el trueno;
Y sopla en el campo ameno
Enfurecido el turbion.
El arcángel de la muerte
Blande su negra guadaña,
Y resuena en la montaña
Enronquecida su voz:
Y cuando bate sus alas
Y el inmenso espacio hiende,
De sus ojos se desprende
El relámpago velóz.
Entre rocas escarpadas
El torrente se derrumba:
El huracan flota y zumba
En el bosque secular,
Y los árboles se tronchan
De los vientos al empuje,
Y alzando su oleaje ruje
Embravecida la mar.
Desbórdase en el vacio
La chispeante catarata,
Y los ceivos arrebata
En su paso aterrador.
¡Ah! la tierra se estremece
Con el estruendo del rayo,
Y se dobla sobre el tallo
Y se marchita la flor.
Esa noche es fiel imagen
De la tempestad del alma
Cuando ha perdido la calma
El herido corazon:
Cuando ya no flota en torno
El angel de la esperanza,
Y no brilla en lontananza
Ni un destello de ilusion.
Pero la noche se aleja
Y la esfera se abrillanta
Cuando el alba se levanta
Entre nubes de carmin,
Y la tempestad se olvida
Al resonar el arrullo
Del ave, y abre el capullo
El delicado jazmin.
¡Mas ay de mí! La tempestad funesta
Que á todas horas atormenta mi alma,
Me roba sin piedad la dulce calma
Y en sus fragores me hace sucumbir.
Mi triste pecho sin cesar envuelve
El nublado de horrible desventura;
Es mi negro presente, la amargura,
Y la tumba mi solo porvenir.
Siento que muere el corazon enfermo
Y se rasga transido de congoja
Como la planta que el turbion deshoja
En apartada y triste soledad.
Que sus fibras se rompen una á una
Entre la garra del fatal destino;
Solo espinas encuentro en el camino
Que me trazó la cruel adversidad.
Es amargo, hijo mio, el triste llanto,
Que á todas horas de mis ojos brota:
Es un raudal que en su corriente ignota,
Va formando de lágrimas un mar.
En ese océano de insondable fondo
Navego yo sin encontrar bonanza;
Sin descubrir en bella lontananza
Alegre playa en donde descansar.
El eco de mi dolor
De «Ensayos poéticos» (1883). Del ciclo de duelo por su hija María
Vivir de tus recuerdos, saber encanto mio,
Que léjos ay! muy léjos, existes ya de mí,
Buscarte por doquiera con loco desvario,
Llamarte sollozando y oir en el vacio
El eco que responde: no existe para tí.
Es triste, sí, ¡muy triste! mi corazon doliente,
Ya siento que se rompe, cansado de sufrir;
Las fuerzas me abandonan marchitas en mi frente
Y luego si me quejo, el eco indiferente,
Repite: desgraciada, ¿no cesas de gemir?
En la infecunda tierra que riegas con tu llanto,
No busques, pobre loca, su espíritu inmortal;
Aquí solo hay dolores, aterrador quebranto,
En la desierta senda en donde sufres tanto,
No busques de Maria la faz angelical.
Tendió sus blancas alas y remontando el vuelo
Allá entre los querubes su cántico entonó;
Recorre vagarosa los ámbitos del cielo,
Exenta de pesares y funerario duelo;
El mundo es un desierto; por eso le dejó.
Levanta pobre madre, levanta la mirada
¿No ves á tu Maria postrada ante el Señor?
De perlas y rubíes la frente coronada,
Tal vez en este instante su boca sonrosada,
Le pide al Ser Supremo que calme tu dolor.
Eso repite el eco, pero mi triste llanto
De mis cansados ojos, no cesa de brotar;
Porque eras hija mia, mi delicioso encanto;
Por la que yo padezco y sufro tanto, tanto,
Que creo entre dolores mis dias acabar.
Obra en dominio público. Textos cotejados en fuentes de referencia. No se conserva retrato libre de la autora: la imagen es la portada de «Ensayos poéticos» (Guatemala, 1883), el libro que reúne su obra (Internet Archive, dominio público). Se han corregido en silencio unas pocas erratas de cajista de los impresos originales; se respetan en cambio la ortografía y la acentuación de época. Más poesía en Poétikas.
