Amelia Denis de Icaza

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Poemas

Amelia Denis de Icaza
Ciudad de Panamá, 1836 – Managua, 1911

Al Cerro Ancón

Escrito hacia 1906, tras encontrar el cerro dentro de la Zona del Canal

Ya no guardas las huellas de mis pasos,
ya no eres mío, idolatrado Ancón.
Que ya el destino desató los lazos
que en tu falda formó mi corazón.

Cual centinela solitario y triste
un árbol en tu cima conocí:
allí grabé mi nombre, ¿qué lo hiciste?,
¿por qué no eres el mismo para mí?

¿Qué has hecho de tu espléndida belleza,
de tu hermosura agreste que admiré?
¿Del manto que con recia gentileza
en tus faldas de libre contemplé?

¿Qué se hizo tu chorrillo? ¿Su corriente
al pisarla un extraño se secó?
Su cristalina, bienhechora fuente
en el abismo del no ser se hundió.

¿Qué has hecho de tus árboles y flores,
mudo atalaya del tranquilo mar?
¡Mis suspiros, mis ansias, mis dolores,
te llevarán las brisas al pasar!

Tras tu cima ocultábase el lucero
que mi frente de niña iluminó:
la lira que he pulsado, tú el primero
a mis vírgenes manos la entregó.

Tus pájaros me dieron sus canciones,
con sus notas dulcísimas canté,
y mis sueños de amor, mis ilusiones,
a tu brisa y tus árboles confié.

Más tarde, con mi lira enlutecida,
en mis pesares siempre te llamé;
buscaba en ti la fuente bendecida
que en mis años primeros encontré.

¡Cuántos años de incógnitos pesares,
mi espíritu buscaba más allá
a mi hermosa sultana de dos mares,
la reina de dos mundos, Panamá!

Soñaba yo con mi regreso un día,
de rodillas mi tierra saludar:
contarle mi nostalgia, mi agonía,
y a su sombra tranquila descansar.

Sé que no eres el mismo; quiero verte
y de lejos tu cima contemplar;
me queda el corazón para quererte,
ya que no puedo junto a ti llorar.

Centinela avanzado, por tu duelo
lleva mi lira un lazo de crespón;
tu ángel custodio remontose al cielo…
¡ya no eres mío, idolatrado Ancón!

Patria

Escrito tras la separación de Panamá de Colombia (1903)

¡Oh Patria idolatrada!, mi pueblo generoso,
al fin ¡ay! te obligaron a levantar la frente
y en un supremo grito te alzaste valerosa,
llevando entre tus manos la enseña independiente.

¡Oh Patria!, yo he sufrido contigo en tus dolores,
tus luchas amargaron mis noches y mis días,
de lejos he escuchado tus hórridos clamores
enviándote mi espíritu sus hondas simpatías.

¡Oh Virgen!, yo soñaba tu porvenir de gloria.
Mirándote tan bella, de orgullo sonreía,
hoy te hacen que aparezcas ingrata ante la historia,
a ti, tan noble víctima de odiosa tiranía.

¿Qué has hecho?, no te culpo, los otros te arrojaron,
los otros que en tres años de lucha desgraciada
tu rico y albo manto con saña destrozaron
cuando eras de Colombia la joya más preciada.

¿Qué has hecho de tu gloria?, mi pueblo tan querido,
y cuál será la suerte, pregúntome yo a solas,
de aquellas mis montañas donde formé mi nido
de mis doradas playas besadas por las olas.

Escucha, Ser Supremo, la súplica ferviente
que mi alma de rodillas eleva ante su altar:
conserva al pueblo ístmico su libertad naciente
sin que un extraño lábaro la llegue a profanar

Dejad ¡Oh Ser Supremo! que el Istmo siempre viva
con el trabajo honrado y la virtud por guía,
que no sea su esperanza cual sombra fugitiva,
ni su soñada gloria como la flor de un día.

El llanto de una hija

Lleva la dedicatoria «A MI MADRE!»

Madre mía! mi vida! ¿qué te has hecho?
a dónde está tu maternal mirada?
ya está sin vida, sin calor tu pecho
y tu hija vive aun tan desgraciada!

¿Adonde estás, porqué me abandonaste
y con quien me has dejado madre mía?
tú en tu seno de amor me acariciaste
y hoy te llevas contigo mi alegría.

Tú me amaste de niña con locura
y más tarde ya joven fui tu orgullo
y hoy mi llanto de acerba desventura
ya no lo enjuga ese cariño tuyo.

Ya nunca más mi llanto con tu llanto
veré unirse doliente en mis dolores
no arrullarás a Julia con tu canto
ni le pondrás sobre su frente flores.

Ya no veré dormirse entre tus brazos
los hijos míos que tus hijos son
¿por qué la suerte desató esos lazos
y dejó de latir tu corazón?

Ya al exhalar mis lastimeras quejas
sólo hallarán un eco en el vacío
¿por qué abandonas sola, por qué dejas
un corazón tan débil como el mío?

Ya no veré tus ojos anegados
en lágrimas dolientes por mi suerte
ellos están a mi dolor cerrados
y hundidos por la mano de la muerte.

Madre tan adorada, yo te lloro,
y me parece un sueño todavía
en vano a Dios en mi pesar imploro
porque Dios no me oye; madre mía!

Obra en dominio público. Textos cotejados en fuentes de referencia. Retrato procedente de Wikimedia Commons (dominio público). Se han corregido en silencio unas pocas erratas de cajista de los impresos originales; se respetan en cambio la ortografía y la acentuación de época. Más poesía en Poétikas.